Hay experiencias que te parten en dos. *Mi parto fue una de ellas. *Fue una noche oscura. De esas que no son metáfora. Oscura de verdad. *Hubo miedo. Hubo incertidumbre. Hubo un momento en el que sentí que caminaba muy cerca de la frontera entre la vida y la muerte. Mi cuerpo atravesó algo profundamente duro, y mi alma también. *Y, sin embargo, en medio de esa oscuridad, llegó la luz. *La llegada de mi bebé no solo fue un nacimiento. Fue un regreso. Fue un recordatorio de que la vida insiste, de que el amor abre camino incluso en los escenarios más frágiles. Esa noche me transformó. Me quebró y me reconstruyó al mismo tiempo. *Cuando decidí imprimir mi placenta, sabía que no estaba guardando un órgano. Estaba honrando un portal. El puente entre esa noche difícil y la vida luminosa que emergió de ella. *Nunca le conté a Rafa Arnáiz los detalles de esa noche.*No le hablé del miedo. No le expliqué la oscuridad. No le describí la luz. *Y, sin embargo, cuando recibí la obra intervenida por él, sentí algo imposible de explicar: parecía que hubiera estado ahí. Que hubiese presenciado el parto. Que hubiese visto la sombra y también el resplandor. *En su intervención había profundidad, había fuerza, había una tensión casi visceral… pero también había claridad, expansión y esperanza. Exactamente lo que yo viví. *Su arte no solo embelleció una impresión. Interpretó una historia. *La mía. *Transformó mi placenta en memoria visible. En testimonio. En símbolo de resistencia y de luz. *Hoy esa obra no es solo un recuerdo de mi parto. *Es la representación tangible de que incluso en la noche más oscura puede nacer algo que ilumine toda una vida. *Gracias, Rafa, por mirar más allá de la imagen y ver la experiencia. *Por plasmar lo que no dije. *Por convertir un momento límite en arte que respira vida.